miércoles, 12 de marzo de 2008

Viejo jabalí-Dino Buzzati

Como hace rato no posteo nada sobre algo que siempre me preocupa, esto es el maltrato animal por parte del hombre (demasiadas actividades no dejan demasiado tiempo para todo lo que quisiera hacer), les dejo hoy este relato que bien puede servir para reflexionar un poco sobre el tema. Y ojo que no fué "copiar y pegar" y como no tengo scaner, tuve que tipearlo.

Viejo Jabalí--Dino Buzzati

Es preciso considerar la psicología del viejo jabalí.Llegado a cierta edad,el jabalí africano a menudo comienza a considerar con desdén las miserias de la vida.Las alegrías de la familia se empañan,los pequeños jabalíes inquietos y famélicos,siempre entre los pies,se transforman en un continuo fastidio;y no hablemos de la invasora altanería de los muchachos ya formados,convencidos de que el mundo y las hembras han sido hechos para ellos.

Ahora él cree que se fue a vivir solo por un impulso espontáneo,que ha alcanzado la cima de la majestad bestial.Quiere convencerse de que es feliz.Y sin embargo,mirenlo como da vueltas inquieto entre los rastrojos,como cada tanto olfatea el aire sorprendido por imprevistos recuerdos y como resulta desfavorablemente asimétrico en el gran cuadro de la naturaleza que ha hecho todas las vidas de a dos.En realidad te han echado de tu familia patriarcal,viejo jabalí,porque te habías convertido en un huraño y en un pretencioso;los jóvenes eran incontrolables,te daban golpes de colmillo para empujarte a un lado,y las hembras los dejaban hacer,señal de que también ellas ya estaban cansadas de ti.Así ocurrió durante días y días,hasta que tú las abandonaste a su destino.

Helo aquí en el medio de la llanura de Ibad,mientras se avecina la noche,ocupado en mordisquear dentro de una especie de cañaveral seco.Y alrededor no hay nada,a excepción de la desolación del desierto,con áridos termiteros aquí y allá,y alguno que otro pequeño y misterioso cono negruzco a flor de tierra.Hacia el sur,todavía se pueden divisar algunas montañas,verdaderamente demasiado lejanas;pero desconfiemos de las creencias:probablemente se trata de apariencias vacías nacidas solo del deseo.El resto él no lo ve,porque los ojos de los jabalíes son distintos de los nuestros.En cambio,cuando el sol desciende,el jabalí escruta satisfecho su propia sombra,que se hace de minuto en minuto más oblonga;y teniendo poca memoria,como sucede cada noche,se ensoberbece con la ilusión de haberse hecho grande de una manera maravillosa.

No,no es especialmente grande respecto a otros jóvenes compañeros,pero en cierto sentido es magnífico.El,que es una de las bestias más feas del mundo.Porque la edad le ha alargado generosamente los colmillos,le ha dado una importante melena de cerdas amarillas,le ha hinchado las cuatro verrugas a los costados del hocico,lo ha transformado en un monstruo corpóreo de fábula,inerme biznieto de los dragones.En él ahora se expresa el alma misma de la selva,la fascinación de las tinieblas,protegido por antiguas maldiciones.Pero en la cabeza inmunda seguramente hay un reflejo de luz,bajo la pelambre áspera hay una especie de corazón.

Un corazón que se ha puesto a palpitar al aparecer en pleno desierto una suerte de monstruo novísimo y negro.que gruñe levemente y se acerca de una manera extraña,ni corriendo ni arrastrándose,como nunca se había visto.Este monstruo es grandísimo,quizás más alto que un antílope,pero el jabalí espera,quieto,y lo mira con intenciones malvadas(si bien en torno,de la soledad,esté naciendo un presagio adverso).

También nuestro automóvil se ha detenido ahora.

-¿Qué miras?-le pregunto a mi compañero-¿Por qué te has detenido?¿No ves que es un buey?.

-También a mí me pareció-dice él-,pero es un jabalí,en cambio.Espera que disparo.

El extraño monstruo que ruge se ha callado y está quieto,aparentemente sin vida.Y no obstante el jabalí ha sentido de improviso un golpe tremendo;después un rumor seco y siniestro como el de un antiguo árbol que se derrumbra,o el de ciertos desmoronamientos.

-¡Bravo,por Dios,le diste!-grito yo-.¡Mira como se revuelca por tierra,mira qué polvareda!

Es exactamente así:a través de los restos del viejo cañaveral se vió al animal dar una especie de cabriola y revolcarse de furor.

-¡Pero mira!-dice mi compañero-.¿No vés que escapa?

Huye,en efecto,el jabalí,con la pata posterior derecha destrozada.Toma un pequeño trote obstinado,en dirección al Este,alejándose del sol muriente,casi temeroso de esta ilusión sideral.Y el monstruo metálico vuelve a rugir como antes,empieza a correrlo por detrás,ni ganando ni perdiendo terreno,gracias a ciertas matas de hierba que obstaculizan el camino.

Ahora el jabalí está solo y perdido.Ni del cielo vacío ni de los herméticos hormigueros ni de ninguna parte de la tierra podrá venir ayuda.Su sombra personal lo precede,trotando a su lado,cada vez más monstruosa y ambigua;pero ahora ella no sirve,el orgullo de hace poco gotea junto con la sangre,por la herida,y queda tirado en el camino.

Y he ahí,pero que lejos,en el límite de unión de tierra y cielo,mientras la luz lentamente declina,he ahí una estría oscura,las acasias espinosas,el rio.Allá están los otros,él lo sabe bien,toda la patriarcal familia,las hembras,los muchachotes brutales,los antipáticos jabalíes.Oh,es inútil negarlo,aún no dándose del todo cuenta,también en los días pasados él los estaba siguiendo,a distancia,cuidando de no hacerse ver.Y es ridículo,ciertamente,pero él encontraba placer en olisquear sus pisadas recientes,en reconocer las marcas de esto o aquello;aquí deben haberse peleado,allí se dieron un atracón de raíces,no han dejado ni siquiera una.Repudiado,no había podido separarse,no había sido capaz de vivir solo,viejo y presuntuoso,y ahora la única esperanza de sobrevivir proviene otra vez de ellos.

Pero un segundo disparo lo ha alcanzado en el centro de un muslo;el sol dentro de poco se hundirá en la tierra y del río demasiado lejano avanzan en embudo tétricos abismos de oscuridad.Vemos,desde el automóvil,que su trote se ha hecho en un cierto sentido desganado y pesado,como si el instinto lo empujara a la fuga,pero no una sincera veleidad de vida.El desierto,por lo demás,parece ser cada vez más desolado,alejándose antes que aproximándose la verde señal del río.

-Mira-le digo a mi compañero-;se detuvo,está cansado.Bájate,quedan todavía unos pocos minutos de luz.

Y a medida que nosotros podemos continuar camino (ninguno de nosotros ha disparado a traición un Mauser cargado con balas de fragmentación) ,a medida que nos acercamos el jabalí comienza a hacerse más grande,divisamos finalmente la sucia cabeza,las orejas erizadas de cerdas,la muy noble melena.Está inmóvil,de pié y nos mira con dos ojos malignos.Debe estar exausto ahora,pero también puede ser que un solitario dios lo haya entretenido,con un vítreo cetro de sal,recriminándole la vileza de la fuga.

El caño del rifle ya está dispuesto según la exacta línea de mira;a esta pequeña distancia errar sería imposible;el dedo índice se apoya en el gatillo.Y entonces (mientras los dragones de la noche salen de las apagadas cavernas de Oriente con la precipitación de quien teme llegar tarde) ,entonces lo vimos volver lentamente el hocico en dirección al sol,del cual quedaba sobre el desierto nada más que una pequeña tajada purpúrea.Había una paz inmensa,y tuvimos la imagen de una villa del ochocientos a la misma hora,con los ventanales ya encendidos y asomada una vaga figurita de mujer que entre ecos de música lanza un suspiro,mientras los perros mimados charlan en el cancel del jardín sobre anécdotas nobiliarias y de caza.

El rugido del motor se apagó y quizás entonces,por misericordioso soplo del viento,le llegó al jabalí la voz de sus compañeros libres y felices,agazapados en la orilla del río.Pero ya era demasiado tarde.En torno de él estaba por caer el último telón.Ya no le quedaba otra cosa por hacer que echar una mirada a los últimos destellos del sol,como positivamente hizo,no ya por sentimental nostalgia ni para chupar con los ojos la última luz.Solo para llamarlo como testigo de la injusticia que se cumplía.

Cuando calló el disparo del fusil,yacía sobre el flanco izquierdo,con los ojos ya cerrados,las patas abandonadas.

Bajo nuestros ojos-en lo alto encendían las primeras estrellas-exhaló sus últimos suspiros:dos profundos refunfuños de viejo,mezclados con regurgitaciones sangrientas.

Y no sucedió nada.Ni el más sutíl espíritu elevó vuelo desde el monstruo difunto para navegar por los cielos.Ni siquiera una minúscula burbuja.

Porque el sapientísimo Jerónimo,que de estas cosas sabe mucho,está dispuesto a admitir que puedan tener alma,aunque rudimentaria,el león,el elefante,y los más selectos carnívoros;en los días de optimismo se muestra benévolamente bien dispuesto hasta con el pelícano,pero con el jabalí nunca,absolutamente.Por más que insistamos él se ha negado siempre a concederle el privilegio de una segunda vida.

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